Menu
Lo que debemos cuestionarnos es cómo formamos ese pensamiento crítico y cómo aprendemos a convivir con el error. Mientras midamos solo la perfección de la respuesta y pasemos por alto la forma de razonar, habremos condenado ese «pienso» que Descartes puso en el centro a viajar como vagón de cola.

FUENTE: Carlos Navarrete / El Mostrador - 17 de agosto de 2026

En el siglo XVII, el filósofo francés René Descartes formuló una de las frases más conocidas de la filosofía occidental: «Pienso, luego existo». Con ella planteaba que el acto mismo de pensar, incluso de dudar de las propias decisiones, es la prueba irrefutable de la existencia. El pensamiento aparecía así como la actividad principal, la que sostiene todo lo demás. Si uno pierde la capacidad de dudar de lo que ve, ¿cómo puede estar seguro de la existencia misma?

Casi cuatro siglos después, el nuevo estándar parece colocar el pensar al final de la frase. Los avances de los sistemas de inteligencia artificial (IA) de empresas como Anthropic o Google dan cada día más certezas de que estamos ante una tecnología revolucionaria —comparable en magnitud a la Revolución Industrial— capaz de transformar la forma en que trabajamos y de hacernos más productivos en las tediosas tareas cotidianas. Sin embargo, persiste una zona gris en la forma en que delimitamos su uso. Hoy, muchos primero le preguntan a la IA y recién entonces evalúan si la respuesta tiene sentido, o si la duda que formularon podía resolverse con el esfuerzo propio de pensar.

La IA ha avanzado de forma extraordinaria y sería iluso negarlo. Igual de iluso sería creer que esta tecnología ralentizará su ritmo en los próximos años. Por lo mismo, conviene recordar que su objetivo nunca fue reemplazar nuestro pensamiento. Funciona como un medio para resolver los problemas que nos aquejan, y el fin sigue estando en nosotros. Cuando aplicamos esta herramienta a un terreno tan delicado como la detección temprana de enfermedades como el cáncer, lo hacemos porque queremos salvar vidas, y la IA entrega recursos valiosos para lograrlo. El problema empieza cuando la convertimos en el fin último de lo que hacemos. En ese momento renunciamos a las decisiones deliberadas que tomamos y de las que después debemos responder.

Vale la pena imaginar el contrafactual. Charles Darwin tardó más de 20 años en publicar El origen de las especies. En ese momento, la idea principal sobre cómo surgieron las especies era la creación separada, y las teorías evolucionistas que proponía Lamarck eran despreciadas por la comunidad científica. Un modelo entrenado con la literatura disponible en 1850 le habría dicho que sus ideas eran imposibles en base a la evidencia científica acumulada a la fecha. Algo parecido ocurrió hace no muchas décadas. A comienzos de los años ’80, los médicos australianos Robin Warren y Barry Marshall sostuvieron que la bacteria Helicobacter pylori provocaba las úlceras gástricas, en un momento en que la medicina las atribuía al estrés y al estilo de vida. La comunidad científica rechazó la hipótesis durante años, convencida de que ningún microorganismo sobrevivía en la acidez del estómago. Marshall terminó infectándose a sí mismo para demostrarlo, y en 2005 ambos recibieron el Premio Nobel. 

Lo que ninguno de ellos abandonó fue el ejercicio autónomo de pensar y diferir del consenso, en lugar de subordinarse al estándar de la época. Si hubiesen delegado en una máquina la decisión de validar su intuición, el peso del sentido común estadístico habría sepultado cualquier posibilidad de descubrimiento.

Lee aquí la nota completa

Go Back

Comments for this post have been disabled.