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FUENTE:  Gabriel Andrés Baquero / Acento - 22 de agosto de 2026

Desde tiempos inmemoriales, remontándose a la época de Platón (427 a. C.-347 a. C.), muchos filósofos y filósofas han sentido un fuerte nivel de compromiso con sus respectivas sociedades. Sin embargo, el principal discípulo de Platón, Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.), propuso una noción que se mantendría firme a lo largo de toda la tradición occidental de pensamiento: que la metafísica —aquella rama de la filosofía que estudia la estructura, los componentes y los principios fundamentales de la realidad— habría de ser considerada la Filosofía Primera, por tratarse de la cuestión supuestamente más apremiante de todas las que la disciplina filosófica acostumbra a abordar.

Pero, en un mundo signado por lo que el filósofo, sociólogo y político francés Edgar Morin (1921-2026) ha denominado “policrisis” —es decir, la concatenación y simultaneidad de múltiples crisis de la modernidad (crisis civilizatoria, económica, social, política, migratoria, ecológica, etc.)— yo sostengo que deberíamos reconsiderar este planteamiento aristotélico y preguntarnos si acaso no convendría bautizar a la ética como la verdadera Filosofía Primera de nuestros tiempos. Esto es así porque, más allá de todas las demás vertientes de esta policrisis, se oculta la mayor de todas: la crisis moral de nuestra época.

Es decir, lo que propongo es desplazar la prioridad que ha ocupado en la historia del pensamiento la pregunta “¿Qué es la realidad?” por otra más urgente: “¿Qué debo hacer mientras estoy aquí, en la Tierra, junto a otros seres humanos?”. Considero que esta es la verdadera pregunta que ha de orientarnos en estos tiempos peligrosos que estamos viviendo, ya que somos todos y todas irremediablemente humanos y estamos forzados a habérnoslas con los y las demás. Nuestro mundo contemporáneo desbocado ha olvidado esta dimensión esencial de la convivencia humana, que consiste —tal como reza el imperativo categórico kantiano— en tratar a las demás personas, nunca como medios para un fin, sino como fines en sí mismos.

Hace casi cien años, el filósofo marxista y militante comunista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) expuso, en sus Cuadernos de la cárcel (1929-1935), su teoría de que todas las personas somos filósofos y filósofas, pues todas tenemos una determinada cosmovisión a través de la cual interpretamos la realidad que nos rodea. Sin embargo, continúa el teórico, en una sociedad dividida en clases sociales, tal como sentenció Karl Marx (1818-1883), la clase propietaria de los medios de producción material es, a la vez, propietaria de los medios de producción ideológica. Con esto, Marx y Gramsci quieren decir que quienes detentan el poder económico en cualquier sociedad son quienes poseen la capacidad de imponer y difundir por todo el entramado social su particular visión del mundo. Con esta hegemonía cultural, diría Gramsci, las clases dominantes de la sociedad aseguran su dominación sobre las clases subalternas sin necesidad de recurrir constantemente a la violencia física directa o a la amenaza de ésta. 4

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La imagen ilustrativa no forma parte del texto original. Fuente: Lysippos - Jastrow (2006), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1359807

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