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Fuente: Lisandro Prieto Femenía / Córdoba Hoy - 13 de julio de 2026

"Hasta ahora se ha creído que todo nuestro conocimiento debía regirse por los objetos… Hagamos, pues, por una vez, la prueba de si no adelantamos más en los problemas de la metafísica, admitiendo que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento".

 Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Prólogo a la segunda edición (B XVI)

Hoy quisiera invitarlos a reflexionar sobre la obra de Immanuel Kant, un proyecto monumental que consta de tres entregas en las que analizaremos las principales contribuciones de su pensamiento crítico. Puntualmente en esta oportunidad, examinaremos su 'Crítica de la razón pura' (KritikderreinenVernunft), la piedra angular de su sistema filosófico. Este texto, publicado en 1781, no es un tratado académico entre otros, sino un audaz llamado a la razón para que se someta a su propio tribunal, para que sea ella misma quien determine sus límites y sus posibilidades. 

¿Usted sabe quién fue Kant? Le cuento. Immanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo prusiano, una de las figuras más influyentes de la Ilustración y el pensamiento occidental. Nació y falleció en Königsberg, Prusia Oriental (actual Kaliningrado, Rusia), lugar del que nunca se alejó más de cien kilómetros. Su vida se caracterizó por una rutina tan rigurosa y metódica que se convirtió en una leyenda. Se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar, impartía clases en la Universidad de Königsberg, almorzaba y luego realizaba su famoso paseo vespertino, un ritual tan exacto que, se cuenta, los vecinos ponían en hora sus relojes al verlo pasar. 

Así, lisa y llanamente, un temático incurable. Su existencia, lejos de ser bohemia, fue la de un académico tan disciplinado como solitario. Nunca se casó ni tuvo hijos, dedicando su vida por completo a la reflexión filosófica. Su carácter era a la vez austero y sociable. Mantuvo un círculo de amigos y colegas con los que se reunía en cenas regulares, en las que se discutían temas de actualidad y filosofía, siempre con un estricto protocolo. Este rigor no era un fin en sí mismo, sino un medio para liberar la mente de las distracciones triviales y concentrarse en los grandes problemas del conocimiento. 

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