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Lisandro Prieto Femenía
El Diario Web - 11 de noviembre de 2024

Hoy queremos invitarlos a reflexionar en torno a una emoción (o sentimiento) exagerada e hipócritamente ponderada en nuestros tiempos, a saber, la empatía. Como bien sabemos, la empatía es la capacidad de comprender y compartir los sentimientos de los demás, o como decían nuestros abuelos «ponerse en los zapatos del otro». Ahora bien, los tiempos deconstructivos han logrado convertir ese proceder tan noble en una virtud exageradamente alabada desde lo virtual y discursivo, mientras que la sociedad avanza progresivamente a su total atomización y separación.
Al mismo tiempo que se exalta como un valor central en la interacción social, no es necesario demostrar que vivimos en un contexto cada vez más caracterizado por el aislamiento, la fragmentación innecesaria y la estúpida individualidad como modelo de vida. Esta aparente contradicción nos debe hacer pensar y preguntar acerca de cómo es posible, en una era que dice ser tan pluralista y empática, las estructuras sociales y políticas parecen estar cada vez más orientadas hacia el beneficio personal y la desconexión solidaria entre los individuos.

La promoción de dicha empatía vacía en discursos políticos y en plataformas sociales contrasta estrepitosamente con el creciente fenómenos del individualismo, donde la competencia y la autopromoción mediática se vuelven más importantes que las conexiones genuinas con nuestros «otros».

Es evidente que no fui yo quien descubrió esta discrepancia patética, la cual ha sido analizada por varios pensadores, entre los cuales encontramos a Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada «Amor líquido» (2003) sostuvo que la modernidad líquida ha fomentado una cultura del consumo, donde las relaciones humanas se han deshumanizado y se han reducido a transacciones superficiales. La empatía, bajo este esquema, se ha convertido en una mera etiqueta social, un valor sin contenido real devenido en herramienta de persuasión o marca personal.

«Lo que la empatía requiere, en última instancia, es una apertura genuina hacia los demás, algo que en la sociedad actual parece estar en constante declive» (Bauman, 2003, p. 94).

En este sentido, la empatía es, entonces, solamente un valor discursivo en una sociedad que propende a premiar el aislamiento, el corte con las relaciones comunitarias, barriales, e incluso familiares en pos de una independencia que nunca es tal, y una autosuficiencia inexistente en el plano concreto y real. La paradoja radica en que, mientras más se nos habla de empatía como virtud, más aislados nos volvemos, puesto que la cultura posmoderna progresista del individualismo por sobre todas las cosas, tan omnipresente en nuestras interacciones cotidianas, hace de la empatía un bien escaso y superficial.

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