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Alonso Solís
Informador (México) - 22 de febrero de 2025

Hace algunos días, al recibir un doctorado honoris causa por parte de la Universidad Enrique Díaz de León, el rector Ricardo Villanueva abrió una conversación sobre el sentido de las humanidades. Villanueva expresó su preocupación por el declive de la matrícula en carreras como geografía, antropología, filosofía, historia, sociología y letras hispánicas. Jonathan Lomelí (egresado de letras y columnista de El Informador) y Fernando Plascencia (ex compañero mío en la carrera de filosofía), entre otros, también han hablado del asunto. Enhorabuena.
    
¿Por qué estudiar humanidades? No por frivolidad, excentricidad o pedantería, sino para aprender a hablar, escribir y pensar con claridad y rigor. No es poca cosa. En la Ética nicomáquea, se dice que el hombre es el animal dotado de logos: vocablo que, además de razón o inteligencia, significa palabra y discurso. Por lo tanto, lo que nos hace humanos no son las imágenes ni las pantallas. Es hablar y dialogar con el Otro, es revelar nuestra intimidad mediante la palabra, es compartir y defender ideas en la esfera pública. Así, pues, se estudia filosofía, letras e historia para aprender las actividades distintivamente humanas.

Acaso el propósito central de las humanidades sea conocer al hombre: lo que ha sido y hecho (la historia), pensado (filosofía) e imaginado (literatura). Las disciplinas humanísticas nos ayudan, pues, a conocernos a nosotros mismos, a comprender los intrincados laberintos de la condición humana y a intentar vivir mejor: de manera más auténtica y virtuosa. Leer a Góngora o a Cicerón, a Homero o a Hegel, a Sor Juana o a Inés Arredondo, no sólo ensancha el caudal de nuestros conocimientos —fuente, sin duda, de placer—. Aguza también los sentidos, robustece la imaginación y revigoriza el apetito por la vida (nuestro conatus, diría Spinoza). Aquel que no lea difícilmente forjará una personalidad. Leer a los clásicos es un acto de autodescubrimiento.

Dicho de otro modo, las humanidades cultivan nuestra alma o psyche. Y esto es, según Sócrates, lo que nos define: no nuestro cuerpo (conglomerado de átomos y materia) sino nuestra personalidad moral e intelectual. Pero “además de tener un alma que habita en un cuerpo —escribe Fernando del Paso—, tenemos un cuerpo que habita en una casa o en un cuarto, y la casa está en un barrio, y el barrio en una ciudad y la ciudad en un país”. Por eso Aristóteles, en la Política, acuñó otra definición del hombre: el animal que vive en la polis. Sólo en la ciudad actualizamos nuestra razón teórica y práctica, así como nuestro lenguaje. Sin Politeia (Estado) no hay Paideia (educación, cultura, civilización).

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