Menu
En un mundo marcado por la velocidad y la eficiencia, la idea de Plotino de la contemplación como la forma más elevada de existencia podría ser incluso revolucionaria.

Ricardo Piñero
Ethic - 24 de marzo de 2025

Este texto es un fragmento de ‘El alma de la filosofía’ (Editorial Rosamerón), de Plotino, edición de Ricardo Piñero

Émile Bréhier, uno de los lectores más lúcidos de Plotino, nos recuerda que hay pocos períodos más dramáticos que el fin del paganismo: «El Imperio romano, amenazado desde el exterior por los bárbaros al norte y por los persas al este, está desgarrado interiormente por crisis de toda índole: una conmoción moral, social e intelectual trastrueca el sentido de los valores que habían sustentado el viejo mundo».

Nuestros tiempos son también tiempos en los que los valores han quebrado y todo lo sólido ha mutado en líquido. Nuestros tiempos son los del olvido de lo auténtico y los del imperio de lo fake, y por si esto ya fuera poca desgracia, son extremadamente coquetos: la estética se confunde a menudo con la cosmética, la salud con el fitness. Por eso abundan los locales en los que tocarse y retocarse la propia imagen, y hay un número desmedido de gimnasios, mientras que las bibliotecas son seres dudosamente vivos, a veces con un aspecto entre solemne y lánguido, que parecen llevar colgado un cartel que dijera «en claro peligro de extinción».

Ahora, como advirtió certeramente Antonio Machado, confundimos las voces con los ecos, y lo que es aún peor, las ideas apenas se piensan, especialmente si son de otros. El poeta creó de su nada a un metafísico apócrifo, Juan de Mairena, paradójicamente un profesor de gimnasia reciclado como profesor de retórica —todo muy griego—, y lo puso al frente de la Escuela Popular de Sabiduría. Este profesor era una especie de sofista en el mejor de los sentidos, porque su Escuela debía dedicarse a la enseñanza de lo importante, a la enseñanza superior. La clave está en que lo Superior sea la Sabiduría. Así, la Escuela tiene como único fin mantener a salvo esa admiración con la que se inaugura todo filosofar. Plotino, como Mairena, siempre vivió del asombro, por eso ambos dedicaron buena parte de su vida a buscar maestro: uno lo encontró en Amonio, el otro en Abel Martín… y por eso ellos mismos se comprometieron con el oficio de enseñar.

A algunos les parece que eso que llamamos «ideas», cuando son de otros, pierden su valor, simplemente por el mero hecho de que no son nuestras. Confundimos lo original con lo esnob, lo profundo con lo abstruso, y casi nadie soporta la contundencia de la verdad y todo se supedita a la opinión, venga de quien venga, aunque su único mérito sea haber sobrevivido a un reality show en el que, por cierto, ni hay espectáculo ni hay realidad, porque todo es un puro sucedáneo. De ahí que Mairena sentencie: «El paleto perfecto es el que nunca se asombra de nada; ni aun de su propia estupidez».

Lee aquí la nota completa

Go Back

Comments for this post have been disabled.