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Andrés Merejo / Acento - 29 de noviembre de 2025

La filosofía nació como una crítica del pensamiento sumiso, entendido como forma de pensar que acepta creencias, normas, costumbres y explicaciones sin interrogarlas ni exigirles razones. Desde Sócrates, cuya práctica consistía en examinar a fondo las opiniones de su tiempo, la filosofía se orienta a combatir la pasividad intelectual y la aceptación automática del orden social establecido.

El pensamiento sumiso es un modo de pensar acrítico, obediente, que rehúye la duda y se adapta sin resistencia a las ideas heredadas; frente a él, la filosofía se afirma como un ejercicio de libertad que busca despertar la reflexión, desarmar los prejuicios y abrir camino a la comprensión auténtica.

La filosofía es, ante todo, una invitación a producir conocimiento nuevo, no simplemente a repetirlo. Nos guía en la aventura de filosofar a través de aquellos pensadores que han inventado su propio modo de pensar, y nos enseña a vivir sin santos ni altares, es decir, sin dogmas.

Hoy enfrentamos un fenómeno singular: millones de ciberdiscursos, es decir, narrativas que se generan y circulan en el entorno digital, producidos tanto por la inteligencia del sujeto cibernético, ya sea en forma de opinión o de conferencia, o por la propia IA que lo produce y dicho sujeto lo repite en diferente formato: videos, historietas o reels. En esta dinámica, el sujeto se entrelaza con la enunciación algorítmica hasta volverse inseparable de la mediación virtual que lo acompaña, de modo que cada mensaje que circula lleva inscrita la marca del dispositivo que lo procesa y transforma.

Muchos de estos materiales repiten y vulgarizan las filosofías de los estoicos, Platón, Aristóteles, Marx, Nietzsche, entre otros pensadores. Una parte de ellos puede ser útil y válida para el estudio, como recordatorio o como punto de partida para un análisis epistemológico; incluso pueden contribuir a una epistemología digital crítica en la medida en que recuperan el espíritu socrático: cuestionar, interrogar, poner en duda.

Sin embargo, cuando estos discursos se limitan a reproducir conceptos sin ampliar perspectivas, sin problematizar el presente ni generar nuevas preguntas, dejan de aportar conocimiento. En lugar de abrir caminos, se detienen en la mera repetición de lo ya establecido. Y la filosofía, precisamente, exige lo contrario: inventar modos nuevos de pensar, transformar la herencia recibida y resistir la tentación de convertir el saber en dogma o mercancía audiovisual.

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