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Hugo Alfredo Hinojosa
AFN Tijuana - 23 de marzo de 2025

De Cusa (1401-1464), fue según mi consideración, un pensador único en el umbral entre la Edad Media y el Renacimiento. Fue filósofo, teólogo, matemático y un cardenal que dejó un legado que desafía clasificaciones simples. En su tiempo, se vivieron transformaciones profundas, Europa aún marcada por el feudalismo y la autoridad incuestionable de la Iglesia, comenzaba a ceder terreno ante los primeros destellos del Renacimiento. El redescubrimiento de textos clásicos de Platón, Aristóteles y los neoplatónicos, junto con los avances en las artes y las ciencias, alimentó un nuevo humanismo que colocaba al ser humano como medida de todas las cosas.

La escolástica, con su minuciosidad lógica y su enfoque en reconciliar la fe con la razón —ejemplificada por figuras como Tomás de Aquino—, seguía dominando las universidades. Al mismo tiempo, la Iglesia enfrentaba desafíos internos, como el Cisma de Occidente, y externos, como la expansión del Imperio Otomano, que culminó con la caída de Constantinopla en 1453. En este contexto de tensiones y posibilidades, Nicolás de Cusa encontró su voz. Nicolás estudió derecho, filosofía y matemáticas, disciplinas que moldearían su pensamiento.

Su ingreso a la vida eclesiástica lo catapultó a posiciones de influencia: participó en el Concilio de Basilea (1431-1449), un intento fallido de reformar la Iglesia y unir a los cristianos de Oriente y Occidente, y más tarde fue nombrado cardenal por el papa Nicolás V en 1448. Pero Cusa no se limitó a los asuntos prácticos de la Iglesia; su mente estaba volcada hacia cuestiones más profundas, hacia una comprensión del universo y de Dios que trascendiera las categorías tradicionales.

En 1440 publicó De docta ignorantia, su obra maestra, que encapsula su visión revolucionaria y crítica en contra de la cosmovisión de la época. Aquí introduce el concepto de la ignorancia aprendida, una idea que rompe con la confianza absoluta en el conocimiento humano típica de la escolástica. Para Nicolás, la verdad última —Dios— es infinita e inalcanzable, y la mente humana, por más que se esfuerce, solo puede aproximarse a ella reconociendo sus propios límites. Y vale la pena preguntarnos por qué no terminó en la hoguera. Este planteamiento no era un rechazo al saber, sino una invitación a la humildad intelectual. Inspirado por el neoplatonismo.

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Imagen no en el original. Portada de La Docta Ignorancia, por Nicolás de Cusa (Createspace, 2016)
 

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