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Lisandro Prieto
El Digital - 17 de octubre de 2024

Hoy queremos invitarlos a reflexionar sobre el inmerecido y notable protagonismo que han ganado las teorías conspirativas en nuestros días, especialmente en la era digital, donde la información – y, lamentablemente, la desinformación- circula de manera inmediata y global. Consideramos que es necesario pensar sobre esta tendencia creciente y examinar por qué muchas personas parecen inclinarse hacia explicaciones espectaculares e irracionales en lugar de recurrir al conocimiento científico disponible.

Tengamos que cuenta que desde una perspectiva filosófica no servil a las modas, es crucial establecer la diferencia entre ciencia y pseudociencia, entre verdad y mentira, entre razón y mito, por lo que buscaremos exponer estas diferencias y criticar la proliferación de información falsa, intentando demostrar cómo el conocimiento de las teorías conspirativas es, en el mejor de los casos, entretenimiento, y no una forma válida de aprendizaje. El primer paso en esta reflexión es intentar entender qué distingue a la ciencia de la pseudociencia, motivo por el cual es necesario remitirnos a Karl Popper, uno de los epistemólogos más influyentes del siglo XX, quien dedicó gran parte de su obra a diferenciar entre ambos conceptos. Según él, el criterio fundamental de una ciencia es la “falsabilidad”, es decir, la posibilidad de que una teoría pueda ser refutada mediante la observación o experimentación. Contrariamente, las teorías conspirativas se construyen sobre ideas que no pueden ser refutadas, ya que están diseñadas para absorber cualquier crítica como una prueba de la conspiración misma: este círculo cerrado de justificaciones absurdas es una señal clara de pseudociencia.

Desde un punto de vista estrictamente filosófico, el problema de la verdad y de la mentira ha sido motivo de discusión desde tiempos de Platón, quien ya denunciaba en su obra “La República” la influencia corruptora que tiene la “mentira noble” en la sociedad. Recordemos brevemente que en la filosofía platónica “episteme” se traduce comúnmente como “conocimiento” o “ciencia” y se refiere a un tipo de conocimiento objetivo y racional, que se alcanza a través del ejercicio de la razón: este conocimiento es el de las “Ideas”, o “Formas”, que para Platón representan la verdadera realidad. Por otro lado, nos encontramos con la “doxa”, que se traduce como “opinión” o “creencia”, y se refiere a las percepciones comunes que los individuos tienen sobre el mundo sensible, el mundo de las apariencias: según Platón, este conocimiento es provisional, incierto y muchas veces engañoso, porque la opinión es cambiante y sujeto a la corrupción, tornándose en un conocimiento inferior, limitado y excesivamente subjetivo, que no alcanza la verdad.

En pocas palabras, la diferencia entre “conocimiento” y “opinión” en Platón no es simplemente un debate entre conocimiento verdadero o falso, sino que resalta la importancia de distinguir entre lo que es genuinamente verdadero y lo que simplemente parece serlo. Esas “mentiras nobles” de las que nos hablaba el gran Platón no es más que la propaganda (antítesis del conocimiento profundo y racional), la cual permite que las creencias falsas se propaguen  y que las personas se aferran a ellas, dificultando la construcción de una sociedad informada y, en última instancia, más justa: no es casual que haya una terrible coincidencia entre los amantes de contenidos conspirativos y los amantes de los chismes y la difamación.

 

Al respecto, Hannah Arendt nos alertó sobre los peligros de una sociedad que ya no puede distinguir entre hechos y ficciones. Este nivel de desinformación tiene consecuencias graves para la cohesión social y para el sentido de “comunidad” basado en un conocimiento compartido por todos. Cuando las teorías conspirativas se presentan como verdades alternativas, lo que se está socavando es el diálogo informado, mientras se disminuye el valor de la educación científica y del pensamiento crítico.

"El resultado de un reemplazo constante de la verdad con mentiras sistemáticas no es que las mentiras se acepten como verdad, sino que ya no existe la confianza en nada en absoluto" (Arendt, 1951, “Los orígenes del totalitarismo”).

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