Lisandro Prieto Femenía
Noroeste Madrid - 17 de febrero de 2025
Hoy quisiera invitarlos a reflexionar en torno a uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, cuyos trabajos tienen un impacto crucial en la filosofía del lenguaje, la epistemología, la filosofía de la mente y la lógica, a saber, el gran Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Si bien sus obras fundamentales, el “Tractatus Logico-Philosophicus” (1922) y las “Investigaciones filosóficas” (1953), fueron escritas en un contexto histórico muy distinto al nuestro, la relevancia de sus ideas no ha menguado tras el paso de las décadas, motivo por el cual intentaremos recuperarlo para demostrar su vigencia, en un mundo marcado por la tecnología, la comunicación digital, la fragmentación cultural y el desprecio por el pensamiento lógico y crítico.
En su Tractatus, Wittgenstein declaró que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Wittgenstein, 1922/2003, p. 68), indicando con ello algo fundamental en esta época dominada por la globalización y el multilenguaje mediático, puesto que la proliferación de plataformas digitales y redes sociales ha transformado el lenguaje en una herramienta de comunicación rápida, pero también excesivamente superficial. La pregunta filosófica central aquí sigue siendo: ¿Cuánto comprenden realmente las personas cuando usan un lenguaje que, a menudo, se descontextualiza y simplifica al extremo?
Evidentemente, la tensión entre el lenguaje como medio de representación de la realidad y como herramienta de acción se manifiesta con claridad en la actual comunicación digital, algo a lo que Wittgenstein, especialmente en su segunda etapa filosófica, subrayó al indicar que el significado de una palabra no está en su representación abstracta, sino en su uso dentro de un “juego de lenguaje” (Wittgenstein, 1953/2009, § 43). En este contexto, es importante que podamos poner en discusión la creciente desinformación mediante las “fake news”, que ilustran perfectamente cómo los usos del lenguaje construyen realidades sociales, moldean creencias y afectan las decisiones individuales y colectivas.
Esto nos lleva a razonar, lógicamente, sobre la dicotomía entre “sentido” y “sinsentido”, avizorada ya en el Tractatus, cuando Wittgenstein hizo una distinción fundamental entre las proposiciones con sentido y aquellas que no lo tienen: para él, el lenguaje de la ciencia tiene sentido porque describe estados de cosas verificables, mientras que las proposiciones metafísicas, estéticas y éticas carecen de sentido en un sentido estricto, aunque no dejan de ser importantes para la experiencia del ser humano. Ahora bien, ¿qué implica esto en una época en la que proliferan discursos pseudocientíficos y teorías conspirativas?
“El lenguaje es una forma de vida” (Wittgenstein, 1953/2009, §19). Esta idea nos recuerda que el significado depende de cómo usamos el lenguaje en nuestras interacciones diarias, un desafío evidente en la comunicación digital contemporánea.
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