Durante el reinado platónico, pensamiento y poesía se distanciaron, pero mucho tiempo después, volvieron a reconciliarse. Tras la petición del poder para el pensamiento filosófico, que encierra la sentencia de Platón, en la que la razón debía ocupar el centro motriz de la cultura, la poesía vuelve a retomar su poder estético.
Basilio Belliard / Acento - 29 de enero de 2026
“Una buena metáfora refresca el entendimiento” (Ludwing Wittgenstein)
“La poesía es una metafísica instantánea” (Gaston Bachelard)
“En el fondo, la poesía es una crítica de la vida” (Matthew Arnold)
Desde su origen, la poesía estuvo unida a la idea y al pensamiento, en un ritmo de las palabras. Para Gorgias, eran poetas todos los filósofos que escribían en versos, y claro está, para esa época, y muchos siglos después, no existía la prosa, y, por tanto, todos los géneros existentes se escribían en versos. Salta a la vista que la poesía, en su génesis, fue anterior a la filosofía: ambas nacieron del asombro. De ahí sus vínculos y puentes secretos, sus dones y revelaciones. En los pensadores presocráticos está el sustrato ontológico de los poetas que configuraron su universo poético con la materia del pensamiento mágico y las especulaciones metafísicas. De la poesía de matiz argumentativo-filosófico, de aliento épico, de la clasicidad griega, existe una tradición que muchos siglos más tarde se reivindicará con el romanticismo, cuando poesía y filosofía vivieron en habitaciones contiguas. Los poetas románticos transfiguraron entonces la pasión poética y sensible, y le inyectaron espíritu y pensamiento lírico.
Lo épico y lo lírico, la emoción y la idea sostenían un vínculo filosófico de equilibrio entre el pensamiento y el logos. Las fronteras entre poesía y filosofía se desdibujan como géneros escritos especializados del lenguaje, y como actividades del intelecto, guardan una similitud no en la expresión sino en su discurso.
El pensamiento poético es simbólico, y oscila pues entre el concepto y la contemplación, la imaginación y la mirada. El poeta llena de contenido conceptual la creación verbal, en sus abstracciones líricas, elevando así la poesía a la dignidad de un saber especializado. Aliento poético y pasión filosófica se funden en una retórica sensible, tras la creación de una visión del mundo, en un impulso sintético, en el que participan la ciencia y el arte. Según el filósofo italiano Giambattista Vico: “Los primeros sabios fueron los poetas teólogos” (Vico 1985, 155).
Los orígenes de la sabiduría antigua tienen una esencia poética. Los filósofos intentaron explicar la naturaleza de las cosas, mediante el legado que habían fundado los poetas. De ahí que: “todo cuanto los poetas sintieron respecto a la sabiduría vulgar, los filósofos lo pensaron después, respecto a la sabiduría profunda; de modo que puede decirse que aquéllos fueron el sentido y éstos el intelecto del género humano” (Vico 1985, 156). El filósofo buscaba la perfección humana a través de la sabiduría. En esencia, el hombre es una combinatoria entre “mente y ánimo, lo que equivale a decir, entendimiento y voluntad” (Vico 1985, 156).
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Imagen ilustrativa añadida - FEM/Grok
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