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 Andrés Mendieta / Somos Jujuy - 7 de diciembre de 2025

Vivimos un momento de vértigo ontológico. No es solo un cambio de herramientas, sino una mutación en los cimientos mismos de la experiencia, una transformación cuya carga más pesada recaerá sobre quienes están formando su mente y su lugar en el mundo: las nuevas generaciones. La externalización masiva de nuestras facultades cognitivas —memoria, atención, juicio— hacia un «exocerebro» digital representa una Gran Delegación. Este proceso, que en nosotros actúa como una amputación silenciosa, en los niños y jóvenes constituye una arquitectura fundacional. Su interioridad, ese espacio esencial para el conflicto fértil y la construcción de la subjetividad, se está modelando desde el inicio en diálogo permanente con los estrechos filtros del algoritmo, no con la experiencia lenta y corpórea del mundo.

De este vaciamiento emerge el síntoma definitorio de nuestra época: La Parálisis. Una parálisis cognitiva y volitiva que, al delegar el procesamiento y la decisión, atrofia los músculos mentales necesarios para la deliberación. La paradoja es letal para el futuro: les entregamos a los jóvenes más datos que nunca, pero les negamos, por el diseño mismo del entorno en que crecen, la capacidad de sintetizarlos en juicios propios y traducirlos en acciones con sentido. Esta no es una crisis abstracta; es una crisis del desarrollo humano. El exocerebro les ofrece a ellos, de forma aún más seductora, la ilusión del control inmediato mientras expropia la génesis misma de su agencia.

Ante esta doble incapacidad —hiperconectados pero aislados, ágiles digitalmente pero paralizados para la acción significativa—, la política ha revelado una bancarrota catastrófica, especialmente en su deber de custodia del futuro. Ha abdicado de su tarea de interpretar la complejidad y, al abrazar la lógica maquínica, ha normalizado un ecosistema donde prima la reacción sobre la reflexión. Es aquí donde la fórmula de Giuliano da Empoli, «ira más algoritmo», adquiere una dimensión especialmente preocupante para las nuevas generaciones. El algoritmo les ofrece simplificaciones radicales y enemigos claros; la ira moviliza la energía que la deliberación atrofiada no puede generar. Los «ingenieros del caos» construyen sus tribus sobre este terreno fértil, atrayendo a jóvenes con la promesa de un desbloqueo ficticio, sustituyendo el estancamiento reflexivo por la convulsión reactiva. ¿Qué tipo de ciudadanos se está formando en este laboratorio de parálisis y reacción?

Este cóctel cristaliza en una parálisis estratégica que es, en esencia, una traición al futuro. Ante la disrupción laboral de la IA, ofrecemos a los jóvenes cursos de reciclaje digital, pero nos paralizamos para repensar radicalmente el sentido del trabajo y la realización que les legamos. Ante la crisis ecológica —que ellos heredarán—, fantasiamos con soluciones tecnomágicas, paralizados para impulsar la transformación profunda que exigiría un verdadero cuidado intergeneracional.

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