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Celia Pérez León
Cuerpomente (Vía MSN) - 24 de mayo de 2025

¿Por qué, si sabemos tantas cosas, seguimos equivocándonos tanto? Y peor aún: seguimos equivocándonos en lo mismo. ¿Por qué tomamos decisiones que nos perjudican, defendemos ideas absurdas con fervor o caemos en dinámicas que nos dañan como individuos y como sociedad? José Antonio Marina, filósofo y educador incansable, llama a este fenómeno por su nombre: insensatez.

Estamos inmersos en una epidemia de insensateces, perdiendo la capacidad de juzgar bien, lo que nos hace vulnerables a la manipulación, la polarización, la apatía moral y la confusión emocional. Para todo ello, defiende Marina en esta entrevista, necesitamos una cura. Y la encontramos en su nuevo libro, La vacuna contra la insensatez.

Insensatos

-¿Qué es la insensatez?


La insensatez es eso que hace que no tomemos buenas decisiones, que no utilicemos bien la información que tenemos, que finjamos certezas que no tenemos y que, por lo tanto, nos equivoquemos en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar. Eso es lo que podemos llamar insensatez. Una pérdida del seso, que es la capacidad de juzgar bien.

-Y, según esta definición, ¿cuál considera usted que es la mayor insensatez que estamos cometiendo ahora como sociedad?

Pues son muchas, porque las insensateces pueden ser individuales y pueden ser sociales. Me parece que estamos sufriendo un síndrome de inmunodeficiencia social. Es decir, de la misma manera que los organismos tienen un sistema para defenderse de las agresiones externas, a las sociedades les pasa lo mismo. Por ejemplo, en España hemos tenido una inmunodeficiencia social respecto de la corrupción.

No hemos identificado la corrupción y la corrupción se nos ha metido de una manera salvaje. Nos ha pasado lo mismo, por ejemplo, con el machismo. Nos está costando mucho trabajo luchar con él, porque el virus machista sigue alterando la capacidad de percepción. Lo que tienen los virus de la insensatez es que alteran el funcionamiento de nuestra inteligencia, hasta tal punto que no nos damos cuenta de que estamos siendo víctimas de ello.

Otro ejemplo es la desconfianza en la democracia. Llama la atención cómo es posible que los sistemas autoritarios estén creciendo en potencia y en energía democrática. No es que, de repente, se instauren dictaduras. Es que, democráticamente, la gente ha dicho que prefiere regímenes autoritarios. El hecho de que cerca del 40% de los jóvenes diga que no le importaría vivir en un sistema autoritario si le asegurara la prosperidad económica, supone que estamos en un sistema que está fallando en sus defensas.

El problema es que resulta muy difícil saber cómo salir de ello. Y ese es el tema que realmente me preocupa.

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