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La filosofía que abre preguntas en vez de imponer respuestas

Jarouska Cocco
Diario Libre - 29 de mayo de 2025

Jorge Freire no concibe la filosofía encerrada en los márgenes de la academia, pues filosofar no es asunto de unos pocos. Cualquiera que se detenga a pensar qué sentido tiene lo que hace, qué lugar ocupa en el mundo, nos dice, ya está filosofando.

Se suele confundir el arte de pensar con la terquedad del obsesivo, pero para él basta con dar una única vuelta de tuerca y mirar de otro modo.

Para Freire la filosofía es, nada más y nada menos, una rama de la literatura, y ni siquiera la más noble; ese lugar, precisa, le corresponde a la poesía. 

Por eso insiste en que la filosofía no debe olvidar su condición literaria. Pensar también es escribir, y en ese ejercicio importan tanto la forma como la mirada.

Las ideas nunca le han llegado sentado. Se considera andariego: necesita moverse, respirar, llevar siempre una libreta a mano. Su pensamiento debe airearse, no puede oler a habitación cerrada.

Cree que hay que mezclarse con la vida, con la gente y recorrer las calles. Estar al tanto de lo que sucede, sin aislarse en un cubículo ni en una torre de marfil.

Fue un alumno distraído, con alma de paseante —y lo sigue siendo—. Leía de forma febril y, más allá del aula, lo que verdaderamente lo marcó fue aquello que descubrió por su cuenta, lo que leyó sin que nadie se lo impusiera. De esos años le quedó una vocación lectora que nunca lo ha abandonado.

Está convencido de que no se puede filosofar sin escribir, aunque muchos lo olviden. Todos sus pensadores favoritos, hombres y mujeres, fueron grandes escritores. Las ideas necesitan forma y cuidado en el decir.

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