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Mark Mestres
La Vanguardia - 17 de septiembre de 2025

Vivimos en la era del good vibes only, donde la obligación de ser optimistas y mantener una actitud positiva constante se ha convertido en una nueva forma de presión social. Gabriel García de Oro, filósofo y escritor, alerta de los peligros de esta “obligación del optimismo” en un revelador artículo. 

Inspirado por las ideas de Byung-Chul Han en su libro El espíritu de la esperanza, García de Oro desgrana por qué hemos sustituido la esperanza, rica y significativa, por un optimismo vacuo que nos deja vacíos y desconectados de lo que realmente importa. Una reflexión que es, en el fondo, una invitación a vivir de forma más auténtica.

La crucial diferencia

La piedra angular del artículo de García de Oro es la distinción fundamental entre ambos conceptos. El optimismo, tal y como lo define, es una “fe que nos asegura que todo saldrá bien con solo mantener una actitud positiva”. Es una promesa sencilla y seductora, pero también superficial: “todo irá bien”.

Frente a esto, la esperanza se presenta como un concepto mucho más complejo y enriquecedor. No promete un final feliz garantizado, pero ofrece algo más valioso: significado. “La esperanza nos dice: ‘No sé cómo saldrán las cosas, pero sé que tienen sentido’”, escribe el filósofo.

Esta diferencia no es semántica; es existencial. El optimismo nos adormece con la promesa de un buen resultado, mientras que la esperanza nos fortalece para transitar la incertidumbre con la brújula del sentido.

La tiranía del resultado inmediato y la pérdida del sentido

García de Oro diagnostica con precisión uno de los males de nuestra época: “Estamos obsesionados con la búsqueda de resultados inmediatos y positivos, y eso nos deja sin espacio para reflexionar sobre qué sentido tiene lo que hacemos”.

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