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Valeria Villalobos Guízar
Nexos - 10 de febrero de 2024

En El mito de la ciudadanía (Herder, 2024), primer libro de Irene Ortiz Gala (Madrid, 1990), la filósofa española hace una indagación arqueológica sobre el concepto de ciudadanía. Analiza aquellos relatos que, desde Atenas y Roma, han permitido construir y enraizar este dispositivo jurídico-político como categoría que permite al Estado distinguir entre quiénes son sus miembros. Es decir, quiénes son titulares de ciudadanía –y por ello gozan de derechos, participación y protección– y quiénes son extraños –y por ello merecen su total o parcial exclusión o,desde la suspicacia, integrarse a la comunidad que los recibe.

El libro –breve, puntual y accesible al público en general, sin dejar de lado el rigor– analiza la ciudadanía desde el mito ateniense de la autoctonía, la mezcla de sangre en el derecho a la ciudadanía romana, y la hospitalidad en ambas civilizaciones, para llegar al análisis de sus reflejos y residuos modernos, y sus hostiles consecuencias políticas en el Estado contemporáneo. Con su libro, Ortiz Gala se suma a las reflexiones de filósofos como Hannah Arendt, Giorgio Agamben o Roberto Esposito, que buscan desnaturalizar mecanismos discursivos que fundamentan nuestras relaciones políticas y hacen posible (o avalan) distintos tipos de violencia.

Ante las urgentes necesidades de migración que enfrentan nuestros tiempos, los enormes padecimientos de refugiados y exiliados que reclaman ayuda, el libro de Irene Ortiz Gala nos invita a seguir buscando fórmulas para salvaguardar vidas sin importar su estatus jurídico, a imaginar nuevos mitos y conceptos que nos permitan crear mejores formas de habitar el mundo.

Valeria Villalobos Guízar: Pienso en algunos términos propios del pensamiento cosmopolita, como ser “ciudadano del mundo” o imaginar una “ciudadanía universal”. Ideas que continúan hasta hoy en términos como la “ciudadanía digital” y otras especulaciones que sostienen una enorme fe en la nueva era de la virtualidad, con su nomadismo, supuesto desarraigo y una sensación de debilitamiento estatal. ¿Puede existir tal cosa como una “ciudadanía universal” o es más bien un oxímoron?

Irene Ortiz Gala: A mí me parece que, por definición, se produce una contradicción entre los términos que debería obligarnos a renunciar a la noción de «ciudadano del mundo» (expresión que, por otro lado, sólo he escuchado a personas con un pasaporte tan fuerte como para cruzar las fronteras sin necesidad de visados).

La ciudadanía es un dispositivo jurídico anclado en el Estado que la garantiza: es decir, la ciudadanía española, por ejemplo, tiene un valor en tanto que hay un Estado español que la reconoce y que usa su fuerza para implementarla. El problema que yo veo a una ciudadanía universal es que no resulta claro quién es el garante de esta ciudadanía, a saber, a qué institución o instituciones debería dirigirse este ciudadano del mundo cuando alguno de sus derechos se viera vulnerado. Si pensamos en el evento de cruzar una frontera resulta evidente que este acontecimiento está determinado por la fortaleza del pasaporte, por la ciudadanía que un determinado Estado reconoce. Me cuesta mucho pensar una ciudadanía universal porque vendría a negar la condición de privilegio inherente a la propia ciudadanía.

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