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Laura Linares
JotDown - 8 de noviembre de 2024

Vivimos en una era donde puedes ver tu programa de televisión favorito en una de las muchas plataformas de streaming, jugar en red con un montón de gente o  puedes disfrutar de un casino online en vivo aquí y ahora; todo ello sin que medie ninguna barrera física que detenga ese impulso inmediato de evadirse de la realidad. Pero el atractivo de esta posibilidad no radica únicamente en la facilidad de acceso o en el placer sensorial; se adentra en lo más hondo de nuestra relación contemporánea con el tiempo. En el mundo de lo digital, nuestra percepción del ocio ha sido transformada radicalmente, y su efecto en el tiempo libre ha adquirido una dimensión que nos es familiar solo a través de la inmediatez y la urgencia del consumo. Es inevitable recordar aquí las ideas de Byung-Chul Han, quien identifica en este vértigo de gratificación instantánea un síntoma de la sociedad de rendimiento y agotamiento que define nuestro presente.

El filósofo de moda, en su exploración filosófica sobre la sociedad moderna, nos advierte de cómo el concepto de libertad se ha convertido en una cadena invisible que ata a los individuos a una eterna demanda de productividad y perfección. Esta exigencia no se limita a la esfera del trabajo, sino que invade insidiosamente el espacio del tiempo libre, transformándolo en una extensión más de la economía de consumo. A través del ocio digital, nos convertimos en sujetos que gestionan su entretenimiento de la misma manera que gestionan su trabajo: con una lógica calculada, mediatizada y absolutamente predecible. La promesa de satisfacción instantánea que ofrecen estos sitios, ya sean las redes sociales, los videojuegos en línea o, en algún extraño rincón del mundo muggle no da libertad, sino que mete a la gente en una especie de hechizo de velocidad, atrapándolos en un remolino que no les deja desconectar de verdad. Si en el pasado el tiempo libre servía para descansar, reflexionar o, bueno, crear algo inesperado, ahora el ocio digital ha cambiado eso completamente. El tiempo de desconexión se hubiera convertido en un «jardín de delicias» con todo ese ruido de imágenes, sonidos e interacciones que nos tientan a consumir sin parar, tan rápido que no queda espacio ni para una pizca de silencio o paz. Es un poco como si todos estuviésemos atrapados bajo el hechizo de la inmediatez inhibiendo cualquier atisbo de nuestro derecho al aburrimiento.

La obra de Han sugiere que, en lugar de una liberación, el ocio digital nos lleva a una paradójica prisión invisible, construida con la promesa de libertad. Este consumo incesante, según el filósofo, se manifiesta como una especie de enfermedad social que agota al sujeto, que se convierte, en última instancia, en un perpetuo consumidor de sí mismo. La experiencia del tiempo se disuelve en la lógica de la inmediatez, y así, el placer pierde su esencia, ya que no se permite florecer de manera natural. La filosofía de Han nos invita a reflexionar sobre la naturaleza misma del ocio digital como un engañoso vehículo de felicidad, y su impacto, lejos de brindarnos una satisfacción real, nos mantiene atrapados en un circuito de deseo y consumo interminable.

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Imagen ilustrativa NO incluida en el original - FEM - MS Designer

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