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El profesor Diego S. Garrocho explora cómo las vacaciones pueden convertirse en un espacio para la reflexión, el cultivo de la virtud y el equilibrio entre el deber y el ocio

Laura Villanueva
La Vanguardia - 29 de julio de 2025

Se acercan las vacaciones de agosto y, como cada año, muchos sienten una mezcla de alivio y ansiedad. Alivio porque llega ese momento del año donde pueden parar de verdad, pero ansiedad porque, en el fondo, no están seguros de si saben hacerlo bien. Es la pausa que muchos esperan desde hace meses, el respiro necesario tras la inercia del día a día. Pero junto a ese alivio también aparece, casi sin querer, una inquietud que para muchos es difícil de explicar. Ansiedad porque no estás del todo seguro o segura de si sabes parar, de si realmente eres capaz de desconectar sin culpa. A veces incluso muchos se preguntan si es legítimo, si no estarán perdiendo el tiempo o si deberían “aprovecharlo mejor”. 

Porque parece que incluso en vacaciones tienes que justificar el descanso: hacer planes, cumplir objetivos... Como si simplemente parar no fuera suficiente. Y es ahí, en esa incertidumbre, donde el profesor de filosofía Diego S. Garrocho, en la Cope, lanza una pregunta: ¿Qué pensaban los filósofos de las vacaciones?. Y es que precisamente esta idea de que parar es inútil tiene poco que ver con la tradición filosófica. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, fue claro al respecto: “El ocio no es evasión, sino la forma más elevada de la vida”. Para él, no trabajamos por el trabajo en sí, sino para alcanzar algo más valioso. “Pensaba que trabajamos para tener ocio, y no al revés”.

Lo interesante es que, como señala Garrocho, hoy “descansamos solo para rendir mejor”. El descanso se ha convertido en una estrategia de productividad. Es decir, dejamos de verlo como un fin en sí mismo y lo usamos como una forma de cargar pilas para volver con más fuerza al trabajo. Incluso la palabra lo delata: “Descansar parecería que es algo así como revertir el proceso del cansancio ya acumulado”.

Pero hay otras formas de entender el descanso. Séneca, por ejemplo, también reflexionó sobre el ocio. Decía que no era simplemente “un tiempo para no hacer nada”, sino un momento para “cultivar la virtud y la reflexión”. En ese sentido, las vacaciones pueden ser más que desconexión: una oportunidad para pensar, mirar hacia dentro, leer, caminar sin rumbo... Es decir, para hacer lo que realmente importa, como en el concepto romano de otium, “un tiempo dedicado a hacer lo verdaderamente importante”. 

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