Felipe Jaramillo Vélez
La República - 8 de septiembre de 2025
Esta semana, durante un foro en la Universidad de Medellín al que fui invitado a hablar y en el que se lanzaba un nuevo número de la revista Apropia, dedicado a la IA, volví a escuchar la poderosa y provocadora sentencia de Marshall McLuhan: “Nosotros modelamos nuestras herramientas, y luego nuestras herramientas nos modelan a nosotros”.
Esta máxima nos remite de inmediato a una pregunta crucial para nuestra era: ¿estamos maquinizando al hombre o humanizando a la máquina? Aunque pueda parecer una reflexión menor frente a los problemas apremiantes de la existencia humana, la verdad es que este es un tema que debería preocuparnos profundamente. Los cambios que trae la tecnología van mucho más allá de la simple construcción de sofisticados aparatos autónomos e inteligentes, pues lo que realmente revelan es una transformación profunda, sutil y existencial de lo que significa ser un ser humano.
El lenguaje es la herramienta esencial con la que construimos nuestra cultura. Por eso, es tan revelador el intercambio que se ha dado entre el vocabulario humano y el de la máquina. Poco a poco le hemos entregado a la tecnología palabras que nos pertenecían, dándole una cara más “humana”. Y nosotros, sin darnos cuenta, hemos incorporado silenciosamente términos que deberían ser exclusivos de los algoritmos, adoptando una forma de comunicación más fría y eficiente.
Basta con mirar nuestro lenguaje cotidiano para ver esta singular mezcla de conceptos. Hoy, la máquina usa palabras como rapidez, productividad, infalibilidad, conexión e impacto para describirse, y nosotros las adoptamos como si fueran nuestras metas personales. Mientras tanto, palabras como bondad, resiliencia, empatía, amor y familiaridad empiezan a sonar anticuadas, casi cursis, en un mundo que premia la eficiencia por encima de todo. Estamos aprendiendo a hablar como máquinas y a perderle el miedo a lo que nos hace verdaderamente humanos.
Aceptamos sin cuestionar términos como inteligencia artificial o aprendizaje de máquina, y esa es una tendencia preocupante. Los incorporamos a nuestro léxico sin reflexión, sin darnos cuenta de que, en el fondo, lo que un grupo de personas está haciendo es vender, bajo un lenguaje de marketing, las virtudes que nos hacen únicos. La inteligencia y el aprendizaje son las herramientas que nos permitieron crear civilizaciones, arte y ciencia. Reducir estas capacidades es despojarnos de nuestra esencia.
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