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En La Fórmula Podcast, el escritor, filósofo y profesor universitario Diego Garrocho, habló sobre cómo la filosofía puede ayudarnos a pensar el bienestar más allá de las fórmulas simplistas y subrayó la importancia de la vida en comunidad y los vínculos cercanos como pilares para sostener nuestro bienestar. ¿Por qué es clave dedicar tiempo al silencio consciente?

Milagros Hadad
Infobae - 2 de septiembre de 2025

En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el filósofo y profesor universitario Diego Garrocho reflexionó sobre la búsqueda de una buena vida, el papel del miedo en nuestra felicidad y la importancia de recuperar el largo plazo en una época marcada por la prisa y la dispersión. Señaló que gran parte de nuestro malestar nace de temores infundados y que aprender a reconocerlos es clave para vivir mejor.

Destacó el valor de los vínculos familiares y comunitarios como un sostén esencial del bienestar, frente al mito contemporáneo de la autosuficiencia individual. También habló sobre la necesidad de educar el deseo, moderar expectativas y reconocer la riqueza que hay en una vida “normal”, sin la obsesión por la felicidad extraordinaria que propone la cultura actual. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.

Diego S. Garrocho Salcedo es filósofo y profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, donde también ejerce como vicedecano de Investigación y coordina el Máster en Crítica y Argumentación Filosófica. Es columnista de El País, tras haber sido jefe de Opinión en ABC, y en 2021 recibió el Premio de Periodismo David Gistau. Como ensayista, es autor de títulos como Sobre la nostalgia. Damnatio memoriae y El último verano, y ha realizado estancias de investigación en la Sorbona, Boston College y el MIT.

— Sos escritor, sos filósofo, sos profesor universitario. ¿Cómo entra la filosofía en tu vida, qué estabas buscando y qué encontraste en ese camino?

— Entró en la vida de muchas personas de mi generación en la enseñanza media por culpa de un profesor que aparece un día en un instituto público de Madrid en primero de bachillerato. Ese fue el primer contacto. Yo tendría dieciséis años para diecisiete y una disciplina que tenía un nombre muy raro, pero que yo conocía porque había algunos libros de Ortega por mi casa porque mi padre había sido lector de Filosofía. Pero no la conocía de una manera tan ortodoxa como lo que uno conoce en el instituto. Sigo teniendo contacto con aquel profesor, a veces bromeo con él y le digo que tuve la mala suerte de cruzarme con él, porque eso hizo que en lugar de dedicarme al derecho y de ser abogado como era mi padre, pues me dedicara a algo como la filosofía. Me parecía que era la disciplina que afrontaba de manera más radical todos los problemas. Pero creo que la filosofía me interesa en la medida en la que, así sea tentativamente, se obliga a dar respuestas. Respuestas que no sean definitivas, que estén abiertas a ser disputadas y discutidas por otras personas, pero que hay que correr el riesgo de formular, de aventurarse a dar algunas respuestas.

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