Ignacio A. Nieto Guil
La Mañana (Uruguay) - 30 de julio de 2025
Nacido en Corea del Sur, tan lejano y casi extraño a Occidente, es un país marcado por la producción tecnológica a gran escala mundial que, por otro lado, no ha dado a luz a grandes pensadores. Sin embargo, uno de los filósofos más renombrados e influyentes del siglo XXI en el mundo occidental es Byung-Chul Han (1959), nativo de Seúl, cuya crítica cultural a la “sociedad moderna” ha trascendido en la esfera del pensamiento.
Debió emigrar a uno de los países que más filósofos aportó al mundo sin saber nada del idioma alemán ni mucho menos de filosofía; oficio que adoptó en la etapa final de sus veintitantos años mientras estudiaba en la Universidad de Friburgo. Se doctoró en 1994 con una tesis dedicada al pensamiento de Martin Heidegger y actualmente está volcado a los estudios culturales en la Universidad de Berlín.
Hoy se posiciona, valga la paradoja, como uno de los intelectuales más importantes de la filosofía contemporánea. Resulta sorprendente, sin duda, por su gran crítica a la era tecnológica y la sociedad digital reinante en nuestros días: las redes sociales, el big data o dataísmo, el constante influjo informativo, los likes, las selfies, el narcisismo o la pornografía, son algunas de las cuestiones que aborda en sus libros. Temas que, de hecho, el pensamiento debe poner en jaque cada vez más, para entender los grandes males que conllevan y se avecinan para la humanidad como, por ejemplo, el auge de la inteligencia artificial.
El reciente ganador del renombrado premio Princesa de Asturias en humanidades, sostiene que la sociedad moderna genera cada vez más adeptos al cansancio y sujetos deprimidos por la “autoexplotación” y el “autorrendimiento” que se infringen a sí mismos a causa de la presión del sistema: “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”, afirma el filósofo. En efecto, en La expulsión de lo distinto, asevera que el mundo vive bajo un “terror de lo igual”, expulsando a quienes se diferencian a partir de una verdadera autenticidad que no es aquella impuesta y conforme al sistema.
El ejemplo más claro se encuentra en las redes sociales, que son “una comunidad de lo igual”, pues allí se reproduce un “yo aislado” de manera incesante, aunque, absurdamente, los sujetos buscan ser distintos a los demás en un vano esfuerzo para no parecerse a nadie: “Hoy todo el mundo quiere ser distinto a los demás. Pero en esta voluntad de ser distinto prosigue lo igual”. En esa supuesta “diversidad” afluye el “infierno de lo igual”, ya que en realidad los sujetos se asemejan entre sí, hasta potenciar el yo hasta grados insospechados. El mejor ejemplo se visualiza en el ciberespacio: “Internet no se manifiesta hoy como un espacio de la acción común y comunicativa. Más bien se desintegra en espacios expositivos del ‘yo’, en los que uno hace publicidad sobre todo de sí mismo”. En este mundo de lo igual antes descrito, se reprime el “silencio y la soledad” que el espíritu necesita para flexionar y estar en sí mismo; verdadero ámbito de realización del ser ahogado en estos tiempos líquidos por la “hipercomunicación” y el “mundo del trabajo”.
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