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FUENTE: Enegildo Peña / Acento - 9 de agosto de 2026

Como escribí en una ocasión, conocí a Pedro Cruz a través de los artículos y ensayos que publica en el periódico digital Acento. Le hablé al escritor y gestor cultural Andrés Acevedo y me dijo: “Yo lo conozco”. Así comenzó nuestra amistad, leyendo sus trabajos. Incluso llegué a pensar que era una persona de mayor edad por la profundidad con la que asume la escritura.

Descubrí a un joven pensador brillante: dueño de una sabia reflexión no muy común en nuestro ambiente intelectual; y con dominio de los temas filosóficos, de la cultura y de la lengua como instrumento de pensamiento.

El año pasado lo busqué para que presentara mi libro, Contextos desde la lengua, en Santiago de los Caballeros, junto a la destacada académica y lingüista Rita Díaz. En Santo Domingo lo presentó el sobresaliente académico y filósofo Alejandro Arvelo.

Cada uno realizó una exposición brillante; aun así, me sorprendió la del maestro Pedro Cruz.

Por su formación y sagacidad intelectual, le realicé la siguiente entrevista. Debo decir, con la sinceridad que me caracteriza, que es impresionante. Por la forma en que responde a cada una de las 14 preguntas—de distintos temas que se relacionan y se entrecruzan para ahondar en el plano de la filosofía, la lingüística, las teorías literarias, la cultura y su propia obra—, las entrevistas las estamos realizando para nuestro libro Entrevistas a escritores dominicanos: un encuentro con la literatura y el pensamiento.

 

1. ¿Cómo escribe un filósofo? 

Pedro Cruz. Un filósofo escribe a partir de una relación crítica con la realidad. No escribe únicamente para expresar lo que piensa, sino para interrogar aquello que parece evidente. La escritura filosófica nace de la necesidad de convertir la experiencia, la duda y el conocimiento en problemas.

Para mí, escribir como filósofo significa pensar con las palabras. Cada concepto debe ser examinado, porque el lenguaje no es un simple instrumento neutral: también determina la manera en que comprendemos el mundo. Por eso, la escritura filosófica exige claridad, rigor y, al mismo tiempo, una sensibilidad especial hacia el lenguaje.

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