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En esta larga entrevista, el profesor de Filosofía Carlos Javier González Serrano responde a todas las cuestiones que le hemos planteado previamente por correo electrónico, invitándonos a reflexionar sobre nuestras existencias. Poco más que añadir.

Magisterio - 16 de agosto de 2023

Profesor de Filosofía, Psicología y Literatura y orientador en Bachillerato, Carlos Javier González Serrano es también director de proyectos culturales, director del programa A la luz del pensar (RNE), director Científico del Café del Observatorio Social de la Fundación La Caixa, presidente de la Sociedad de Estudios en Español sobre Schopenhauer, embajador de la Internationale Philipp Mainländer-Gesellschaft y miembro del Comité Directivo de la Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre Pesimismo. Pero es, ante todo, un «espíritu libre».

Adultos y pantallas: ¿Es un problema que el ‘scroll’ se haya convertido en deporte nacional? 
–El problema no son las pantallas en sí mismas ni la tecnología digital, sino lo que nos dejamos hacer por ellas. Hemos consentido que los ritmos de la esfera digital se introduzcan silenciosamente en nuestros hábitos y costumbres, de manera que adoptamos la rapidez, la automatización y la gratificación inmediata como patrones propios de la vida real. Con ello, nuestra paciencia cognitiva se reduce drásticamente, por lo que numerosos procesos que necesitan de un tiempo distinto al del propio del entorno digital quieren llevarse a cabo más prematura y aceleradamente: la amistad, el amor, la lectura o el paseo no se dejan domeñar por la lógica de lo digital, demandan de nosotros tiempos y ritmos distintos. El tiempo de la vida no es el tiempo de lo digital ni puede acomodarse a él.

Ya escribió María Zambrano que la mayor de las tiranías es la de tener que encajar nuestro tiempo al de otro individuo; de igual manera que la vida de cada sujeto transita por veredas de sentido distintas y se desarrolla mediante eslabones cronológicamente diferentes, la vida real y el entorno digital no contemplan cadencias similares. Ahora bien, debemos tener en cuenta que somos nosotros quienes permitimos que estas voraces dinámicas tomen carta de naturaleza en nuestro vivir cotidiano. Somos nosotros quienes, a través de nuestros gestos y acciones cotidianos, deciden convertirse en esclavos voluntarios. Por eso debemos educar en la dilatación de los tiempos, en una pedagogía de nuestro deseo, y llegar a comprender que la distancia que media entre la aparición de un anhelo y su satisfacción no puede satisfacerse a gusto de cada individuo, quien considera –gracias al aparataje publicitario que nos bombardea de continuo– que la vida es un producto de consumo destinado para su exclusivo goce y para alcanzar la felicidad.

Las pantallas sólo nos roban lo que nosotros queramos que nos roben; queda siempre a nuestra discreción la posibilidad de convertirnos en zombis digitales enganchados a una corriente continua de hiperestimulación y malsana y vacua gratificación. Si somos conscientes de que no estamos haciendo algo bien, o de que estamos empleando nuestro tiempo en actividades vacías e intrascendentes, también podemos hacernos conscientes de la necesidad de reconquistar nuestra atención y nuestro deseo: la clave reside en transmitir –y asimilar– el ahínco por reflexionar sobre aquello que hacemos para poder decidir libremente cómo y por qué queremos hacer lo que hacemos, sin caer avasallados y exhaustos por las demandas de la esfera digital.

¿Es mayor el coste de oportunidad con los niños? Los niños y adolescentes están perdiendo ante las pantallas un tiempo que quizá podrían estar empleando en otros menesteres más provechosos para su edad.
–Creo que no debemos plantearlo en términos de pérdidas o de ganancias; esta argumentación nos devuelve a la lógica productivista que justamente pretendo denunciar y cuestionar. No se trata del tiempo que “perdemos” (el lenguaje economicista ha invadido toda nuestra vida), sino de lo que dejamos de hacer cuando estamos delante de las pantallas. Ese es el meollo del asunto. No se trata de un coste de oportunidad cualquiera: nos jugamos nada menos que el valor y la apropiación de nuestra voluntad.

Cuando trato estos temas con mis estudiantes, les pregunto si creen que son dueños de sus deseos, de aquello que quieren y por lo que suspiran. Casi siempre llegan a la conclusión, con independencia de la edad que tengan, de que todo cuanto desean está sujeto a las impresiones sensibles que reciben en redes sociales o a través de la publicidad en cualquiera de sus formas.

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