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Los estudiantes no están distraídos por la disponibilidad de los teléfonos celulares en las aulas sino por la dificultad que experimentan para sentirse interpelados por propuestas que no los reconocen como sujetos culturales que viven realidades inmersivas profundamente atractivas

Mariana Maggio
Aptus - 8 de agosto de 2023

En los últimos meses, como pasa cada tanto, se generó un debate sobre la prohibición del uso de las tecnologías en las aulas. Esta vez el tema se instala a partir de las repercusiones de ciertos sucesos en países lejanos: Suecia, que decide replantear el plan de digitalización propuesto para las escuelas, y los Países Bajos que dejan las decisiones sobre el uso y la prohibición de los teléfonos celulares en manos de las escuelas.

Una explosión de artículos con argumentos conocidos y recurrentes: las tecnologías distraen a los estudiantes, limitan su aprendizaje, perjudican los resultados de las evaluaciones y estimulan la violencia, entre varios etcéteras más. Mi primera reacción a la pregunta sobre cuál es mi posición sobre este debate es que no se puede tapar el sol… con el dedo meñique. ¿Es posible desarmar cada uno de esos argumentos? Podríamos sostener que sí, con casi ochenta décadas de estudios sistemáticos en materia de tecnología educativa. Sin embargo, entiendo que es mejor concentrarse en el sentido de la inclusión digital en la educación y no en su abolición.

Vivimos en un mundo en el que la mayor parte de las actividades económicas, sociales, políticas y culturales están profundamente atravesadas por las tecnologías de la información y la comunicación. Comprender y aprender esas tramas y recrearlas críticamente es un derecho. No da lo mismo tenerlo o no porque lo segundo podría dejarnos afuera de ese mundo. Se trata de tecnologías que sostienen los modos en que se construye el conocimiento disciplinar y, cada vez más, sostienen la actividad en todos los ámbitos del trabajo. ¿Cómo incluiremos a nuestros estudiantes en el complejo mundo en el que les tocará vivir si los educamos recortando un rasgo central de la realidad? Esto no quiere decir que la inclusión de tecnologías en las prácticas de la enseñanza sea sencilla. No lo es. Requiere hacer inversiones y desarrollos específicos; establecer encuadres negociados sobre las formas y tiempos de uso, con especial foco en el cuidado y la responsabilidad; rediseñar las propuestas didácticas en un sentido contemporáneo; y fortalecer la especialización de las y los docentes quienes en el transcurso de la pandemia mostraron su enorme fuerza a la hora de implementar prácticas virtuales.

Todo esto configura una base necesaria para generar enseñanzas poderosas, propias de este tiempo, relevantes y, por eso mismo, inclusivas. Los y las estudiantes no están distraídos por la disponibilidad de los teléfonos celulares en las aulas sino por la dificultad que experimentan para sentirse interpelados por propuestas que no los reconocen como sujetos culturales que viven realidades inmersivas profundamente atractivas. La pregunta que tenemos que hacernos es cómo generar primero las condiciones materiales y luego esas prácticas que los convoquen genuinamente y les permitan construir sentidos en este mundo complejo y cambiante.

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