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Hoy, en pleno siglo XXI, hay más seguidores del estoicismo, el taoísmo o el yoga indio que en la época de apogeo de estas corrientes de pensamiento. Sin embargo, hay una filosofía que nadie parece querer rescatar: el escepticismo. Tal vez el motivo de este desprecio es, simple y llanamente, nuestra ignorancia sobre sus postulados.

Daniel Tubau
Zenda Libros - 9 de agosto de 2023

Se dice que Goethe tardó 50 años en escribir el Fausto. No es que pasara días, meses, semanas y años encadenado a esa tarea, sino que desde la idea inicial hasta su publicación transcurrió todo ese tiempo. Cuando busco el origen de algunos de mis libros me doy cuenta de que su germen se puede encontrar en alguna libreta de mi adolescencia, que todavía conservo, o en el recuerdo de ciertas conversaciones obsesivas con los amigos. Casi siempre he imaginado los libros mucho antes de escribirlos. Supongo que es algo que les sucede a casi todos los escritores.

En el caso de Sabios ignorantes y felices, puedo descubrir un origen evidente: en los años 90 del siglo pasado publiqué cinco números de una revista a la que puse el casi indescifrable nombre de Esklepsis. Con esa palabra inventada quise combinar el escepticismo con el eclecticismo. Dos maneras de pensar poco apreciadas por los filósofos, o al menos por los filósofos dogmáticos.

Los skeptikoi o escépticos son “los que investigan” y los eklectikoi o eclécticos son “los que escogen”. Los esclépticos, en consecuencia, serán los que investigan, dudan y, finalmente, escogen lo que les parece más razonable, a pesar de que eso los lleve a combinar ideas de diferentes sistemas filosóficos. No cabe duda de que las 600 páginas de esa revista privada, que sólo leían cuatro o cinco amigos, y que yo mismo escribí en su totalidad (aunque usando diversos seudónimos), fueron la lejana preparación de estas casi 600 páginas de Sabios ignorantes y felices.

Así que cuando Emilio Albi eligió este libro entre varios proyectos que le propuse para la editorial Ariel, sentí que se hacía realidad una idea a la que había estado dando vueltas durante muchos años y, además, pensé que llegaba en el momento ideal, precisamente cuando el pensamiento estoico se multiplicaba en decenas de libros y cuando casi todas las escuelas de la antigüedad ya habían sido reivindicadas, desde los cínicos a los epicúreos. Era un buen momento para acordarse de los escépticos, los grandes enemigos de los antiguos estoicos y de cualquier pensamiento dogmático.

Además de la revista Esklepsis, Sabios ignorantes y felices tiene otro origen: un proyecto llamado El sinsentido común. En ese libro pretendía mostrar que las cosas que creemos más indiscutibles son a menudo dudosas y con mucha probabilidad (mantengamos una sana duda escéptica) incluso falsas. Escribí varios capítulos, pero nunca logré terminarlo. Ahora he recuperado algunas de sus ideas para Sabios ignorantes y felices, e incluso el libro, que pronto se publicará.

El sentido del humor con el que creo que hay que tomarse casi todo, y en especial a uno mismo. El humor es la aplicación cotidiana y quizá más poderosa del escepticismo, puesto que es difícil imaginar algo cómico sin poner alguna supuesta verdad en cuestión. Seguramente por eso los escépticos son divertidos e ingeniosos, mientras que los estoicos son estrictos, pomposos y nada divertidos.

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