Menu
El pensador Javier Gomá (Bilbao, 1965) reflexiona sobre la cultura contemporánea y el descontento social este miércoles, a las 19 horas, junto al abogado Rafael Simón en el Aula de Cultura de Alicante, donde cierra el ciclo de conferencias Nuevos Rumbos de la Fundación Mediterráneo.

África Prado
Información (España) - 12 de noviembre de 2024

Usted dice que vivimos mejor, pero más cabreados. ¿Somos unos insatisfechos?

El hecho de vivir en el mejor momento y, en cambio, estar insatisfechos, sí es una anomalía. Si uno coge momentos estelares de la humanidad, como la Atenas del siglo V a.C. con Pericles, la Florencia del siglo XV con los Médici o Luis XIV en la corte de Versalles en el siglo XVII, todo es contemporáneo de una gran satisfacción personal de los atenienses, los florentinos o los parisinos. Es decir, momentos de apogeo generan una gran confianza colectiva y una gran satisfacción. Sin embargo, la peculiaridad de nuestro tiempo es que vivimos en el mejor momento de la historia, tanto en lo material como en lo moral, y sin embargo la sociedad -me refiero a la occidental, sobre todo- vive un gran descontento. Descontento que ocupa un lugar central de mi último libro, Universal concreto, que tiene un capítulo que se llama Somos los mejores y otro, Las causas de nuestro actual descontento, y ese tema fue objeto de una conversación con Pedro Vallín en un libro, Verdades penúltimas, que ha salido este año, en el que indagamos en las causas del descontento. Sería difícil de explicar ahora, pero esa doble afirmación de "somos los mejores pero estamos descontentos" describe con precisión nuestra sociedad contemporánea, por contraposición a épocas anteriores, también de éxito colectivo como la nuestra.

 

¿Cuál será el mayor reto de la sociedad contemporánea actual?

El mundo cambia, es muy frecuente decir después de la pandemia, después de la DANA, que el mundo no cambia, que acaba siendo el mismo que antes, pero eso no es verdad. Si contemplamos la Europa de 1124, en esos cien años se ha producido un cambio extraordinario en todos los terrenos, tanto material como moral. Si me preguntan cómo será el mundo en 2124 mi conclusión es que el mundo habrá cambiado. Otra cosa es que el mundo no cambie de manera muy visible en el curso de una sola vida humana, que no se produzca un cambio determinante, porque a veces en efecto se producen parones y momentos de retroceso, pero a la larga, claramente el mundo cambia. Mucha gente lo niega, pero mi tesis es que el mundo progresa hacia un aumento del cosmopolitismo. Eso quiere decir que la asunción de que cada hombre y mujer del mundo tienen la misma dignidad deshace las fronteras que en el pasado marcaban razas, religiones, territorios, culturas, y cada vez más, todas esas limitaciones se convierten en superficiales y prevalece lo único que importa: que existe solo una raza, la humana, y un solo principio, la dignidad. Cuando se aceptan estas dos verdades, todos los elementos que antes fragmentaban la condición humana caen y prevalece una sola visión. Eso es cosmopolitismo. ¿Y cómo me imagino el mundo en 2124? ¿Sin convulsiones? No ¿Sin conflictos? No, pero más cosmopolita, sí. 

Sin embargo, se dice a menudo que vivimos en una sociedad cada vez más individualista.

Son aproximaciones un poco distintas. El individualismo tiene que ver con la pragmática, con cómo hace uso cada uno de su libertad. Decimos que cada vez más la sociedad va a lo suyo, pero luego vemos acontecimientos como el de la DANA en el que somos testigos de una solidaridad espectacular. Eso se refiere más a una pragmática del uso de la individualidad, y no a la ontología, que se refiere a cómo es la gente de verdad. Y si admites que, con independencia de tu religión, de tu cultura, de tu dinero, incluso de tu virtud, todo el mundo posee la misma dignidad, eso produce una evidencia colectiva de que no hay razón de crear líneas entre la gente, sino que todos comparten algo que es fundamental como la dignidad.

Lee aquí la nota completa

Go Back

Comments for this post have been disabled.