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Aida Míguez Barciela
The Conversation - 7 de agosto de 2023

Los primeros testimonios de palabras griegas relacionadas con el substantivo “filosofía” son del siglo V a.e.c. Si es
auténtico, el fragmento B35 de Heráclito ofrece el primer uso conocido del adjetivo philósophos. La traducción dice: “Es muy necesario que los hombres filósofos sean conocedores de muchas cosas”.

De acuerdo con la frase, el hombre “filósofo” –aficionado o adicto al conocimiento– debe ser un “conocedor”: hístor, en griego. Un hístor es alguien que ve o ha visto y por lo tanto conoce y es experto.

Esta designación es enigmática. Lo habitual es denominar a los expertos refiriendo aquello de lo que entienden y se ocupan –cortar madera o dirigir un barco–. Caracterizar la actividad específica de un experto mediante un verbo que no constituye ninguna especificación –ver o conocer en general– resulta en cambio extraño. Hagamos lo que hagamos, siempre estamos viendo y conociendo. Pero un navegante ve y conoce bien el mar y las estrellas. Y un carpintero ve y conoce bien la madera. ¿Qué ven bien esos hístores a los que los hombres “ansiosos de conocimiento” deberían asimilarse?

El fragmento de Heráclito no proporciona información, pero la omisión no es casual sino significativa.

El viaje “teórico”

El siguiente testimonio en el que aparece un término relacionado con la palabra “filosofía” es un pasaje de Heródoto (I, 30). Creso, rey de Lidia, se dirige a Solón, el poeta y legislador que ha escrito las leyes para los ciudadanos de Atenas.

Solón está embarcado en un viaje sin rumbo fijo (algo así como un andar errante). Se indica que la theoría –la visión, la observación– es la razón de su peregrinaje. Creso añade que Solón ha recorrido ya mucha tierra filosofando por amor a la observación. Solón no viaja para ganar nada. No se ha ausentado de Atenas porque tenga un negocio –una prâxis– en marcha, sino por el desprendimiento que permite la theoría.

El viajero rompe con su espacio de instalación original: deja atrás la tierra patria y se va. Así remonta el vuelo la búsqueda del saber. La filosofía empieza cuando las demás actividades son suspendidas, abandonadas o relativizadas. Cuando el estar inmerso en algo se interrumpe. Se filosofa cuando alguien, aunque sea provisionalmente, se queda en el aire.

No hay filosofía sin capacidad de detenerse y no hacer nada particular. Por eso en muchos diálogos de Platón la posibilidad de que haya diálogo depende del hecho de que los interlocutores tengan o no skholé, tiempo libre.

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